Les presento a Rodolfo (‘Mi nuevo mejor amigo’ parte 2)
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Después de una larga meditación, un sábado cualquiera tomé la decisión de comprar mi primer vibrador. Definitivamente era un caso de extrema urgencia. Mis hormonas precisaban atención, y no tenía cómo dársela. No había macho a la vista. Por lo menos no uno con el que quisiera tirar. Me estaba dando contra las paredes, lo mio ya era un tema de salud mental. Si no hacía algo podría enloquecer o salir a repartirlo después del primer trago. Y ya no hago eso.

Entonces fui en su búsqueda. Pensé que sería fácil cruzar la puerta de este distinguido establecimiento y decirle a la chica, reina, meretriz o madame (cualquiera de estos sustantivos se ajustan perfectamente a la distinguida dama que atendía el Sex Shop): “necesito un vibrador, ¿cuánto vale?”, y que ella lo empacaría en una bolsa sin hacer preguntas, me cobraría y yo podría irme. Creí que era lo mismo que comprar una caja de chicles. Pero no.

La compra no pudo ser más difícil: ¿cómo lo quiere?, ¿qué necesita?, ¿para qué tipo de penetración lo quiere?, ¿grande?, ¿pequeño?, ¿con pilas?, ¿manual?, ¿realista?, ¿básico?, ¿azul?, ¿rosado?, ¿de silicona?, fueron apenas algunas preguntas de la señora. Y no tenía la respuesta para ninguna. Solo sabía que lo quería pequeño, para reservarle el tema del tamaño a uno de verdad, y que no quería una imitación realista de un pene, ni venas, ni cabeza, ni nada.

¡Señora, muéstreme y yo escojo! Fue lo único que le dije con una mezcla de timidez e indignación. Pues sacó todo lo que tenía a la mano: las balitas que tienen un cable, uno curvo como de silicona que tenía pilas y venía con una especie de escarcha, los realistas inmundos que hacen morir de envidia a Rocco Siffredi y que hasta a mi me asustan, y otra cantidad de cosas que demuestran la gran creatividad del ser humano.

Pues opté por el más discreto. Me lo llevé justo después de las indicaciones de la señorita decente y tranquila que me atendió, quien al mejor estilo de Alessandra Rampolla me explicó: “después de cada uso tienes que lavarlo con agua y jabón y secarlo muy bien. Eso sí, cada vez que quieras usarlo tienes que ponerle un condón”. Y para cerrar su explicación me regaló dos condones (¡yupi!).

Entonces llegué feliz a mi casa a explorarlo. Descubrí su color, su textura y todo lo que puede hacer por mí. Mi nuevo vibrador es mediano (mucho más pequeño que las miniaturas de verdad con las que me he topado), de pasta, rosado V (un color bien especial del que les hablará Elvira un día) y tiene pilas.

También le puse un lindo nombre: Rodolfo. Siempre he estado en contra de bautizar cosas, como los manes que les ponen nombres a sus pipís como ‘Buzz Lightyear’, ‘El Samurai’, ‘El Bomberito’ (porque al bombearle la manguera bota agua), y toda serie de nombres grandilocuentes, ordinarios y estúpidos. O las viejas que le ponen Martha y Gertrudis a sus tetas. Pero esta vez quise serle infiel a mi convicción. Y, en lugar de decirle a Elvira: “tuve un gran encuentro con mi vibrador”, preferí decirle “Rodolfo ha sido una gran compra porque me hace sentir cosas que nunca antes había sentido”.

Pero bueno, no exageremos. El primer encuentro con Rodolfo no fue el mejor (¿ven por qué vale la pena tenerle nombre?, ¿no sería un poco feo escribir “tengo que aceptar que la primera vez que el vibrador entró en mis entrañas no fue la mejor”?). Creo que para tener una experiencia artificial satisfactoria hay que crear una atmósfera (¡qué viva Alessandra Rampolla!), no con velas ni pétalos, pero sí una que permita la concentración necesaria para que, con apenas un adminículo introducido en una parte muy sensible, se puedan reemplazar las manos, los movimientos y la boca de cualquier tarado.

Sí, desafortunadamente a Rodolfo le faltan cosas súper importantes. Pero aun así lo quiero porque cada vez que me estoy dando contra las paredes acude en mi rescate y hace lo suyo. No molesta, no dice estupideces y deja que yo tenga todo el control de la situación. Por eso es maravilloso. En cada encuentro (que no son tan seguidos para que no se canse) le agradezco su incondicionalidad y entrega. Rodolfo –o mi vibrador rosado V, para los que les molesta el nombre- ha sido una gran compra.



  1. barbie agosto 25, 2009

    bueno siempre he pensado en si me compro uno, ???es que a veces de verdad no aparece nada, es mas seguro que esos experimentos de una noche entonces porque te encuentras o con un chasco, te ahorras la ida al dia siguiente o como me ha pasado emigro cuanto antes o en el peor de los casos alguien que solo te quiere esa noche, y tu pensando en algo mas pues fue espectacular y ni hablar de los fuckbuddys siempre se corren riesgos, pero que dilema me gusta la carne y la piel, hombre es hombre y el abrazito y el beso me encantan creo que eso no lo puede hacer rodolfo por ti, me pregunto hasta donde llega mi imaginacion, o hasta que punto me puede hacer llegar un verano largo y ardiente. interesante

  2. rodolfita agosto 25, 2009

    pues yo les cuento que tengo un rodolfo hace algun tiempo. desde que “ha entrado en mis entrañas”, como dice susana he estado mas trnauila y me siento menos dependiente. es una buena experiencia que todas deben tener en algun momento………………….

  3. Marisol agosto 25, 2009

    Jaaaaaaaaa Susana, te has superado a ti misma. Me hiciste reir mucho. Y de paso me haz puesto a pensar en si me compro un rodolfo.

  4. Monserrat agosto 25, 2009

    Aparte de esos aparatejos que es bueno señoras doctas en la materia para superar esos episodios tan criticos en nosotras??? eso es muy pero muy pero muy tenazzzzzzzzz¡¡¡ Excelente artìculo como siempre¡

  5. [...] feliz y amistoso que de seguro les dará varias nochebuenas. Es un hermoso y  elegante primo de Rodolfo, gomoso y con una textura que hará trinar de placer a su afortunada [...]

  6. ltvvqhf marzo 18, 2010

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  7. kvbrsjxkrt marzo 18, 2010

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  8. [...] pero arrecha. Estoy en un verano indecente. Mi único amigo en esta lujuria sin esperanzas es Rodolfo, pero él mismo entiende que tiene sus falencias. Que sus abrazos y palabras cochinas no son [...]

  9. [...] y me sacan de la ciudad a hablar cosas que deben sonar inteligentes. Salí de mi casa, metí a Rodolfo en su estuche y lo puse en el fondo de la maleta, porque es mejor no dejar esas cosas a la [...]